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A todos nos
gusta recordar viejas y gratas anécdotas vividas en la pesca. A
lo largo de los años y de muchas salidas de pesca, éstas se van
sucediendo y seguro que todos nosotros tendríamos muchas que
contar. Seguro que alguna vez hemos tenido esa picada
espectacular, ese pez que no es la primera vez que pescamos, o
cualquier otra situación que por su extrañeza o peculiaridad no
se olvida aún con el paso de los años.
Pero
quizás en la pesca del siluro, debido a sus características y a
esa espectacularidad de la que hablábamos (ataques en
superficie, dimensiones del pez, tiempo de la pelea,
agresividad…), es más dada a que se den las circunstancias
adecuadas para que las “anécdotas” se produzcan y salgan de
nuevo a nuestro recuerdo a la menor oportunidad que se nos
presenta.
EL COMBATE
DE MI VIDA
Uno de
estos días mágicos en los que los “bigotes” están muy, pero que
muy por la labor…, de ésos que es mayor el tiempo invertido en
cada pelea que el que se tarda en regresar a la zona “caliente”
volviendo a clavar otro, de ésos que casi cuesta trabajo llevar
el número de siluros capturados durante la jornada (si las
cuentas no me fallaron ese día fueron 17). Una de esas jornadas,
en definitiva, de las que no se olvidan fácilmente.
EL SILURO
SALTARIN
Íbamos a
tomar un rumbo distinto, pero antes decidimos pegar unos lances
en una zona de algas, próximas a donde habíamos pescado. En el
lugar no había mas de medio metro de profundidad (sí, medio
metro) y podían verse carpas removiendo el fondo y enturbiando
el agua. Posiblemente hubiera algún “bigotes” en las cercanías.
No
habíamos lanzado más de diez veces en la zona cuando en un
pequeño claro entre las manchas de algas un pequeño siluro ataca
el artificial de mi compañero. La cosa prometía, apenas lo
habíamos clavado y soltado, cuando en otro claro entre algas a
menos de diez metros del anterior, de nuevo un lance preciso…,
el agua estalla y “Moby Dick” que salta por los aires como si se
tratase de un bass, ver para creer. |